sábado, junio 08, 2013

VIRGEN NECIA El Esposo Infernal por ARTHUR RIMBAUD


Oigamos la confesión de un compañero de infierno.
«Oh divino Esposo, Dueño mío, no rechaces la confesión
de la más triste de tus siervas. Estoy perdida. Estoy borracha.
Estoy impura. ¡Qué vida!
»Perdón, divino Señor, ¡perdón! ¡Ah! ¡Perdón! ¡Qué de lágrimas!
¡Y qué de lágrimas aún, más adelante, espero!
»Más adelante ¡conoceré al divino Esposo! Nací sometida a
Él. — ¡Ya puede pegarme el otro ahora! ¡Oh amigas mías!…
no, no amigas mías… Nunca delirios ni torturas semejantes…
¡Qué tontería!
»¡Ah! ¡Estoy sufriendo, grito! Estoy sufriendo de verdad.
Todo, no obstante, me está permitido, cargada con el desprecio
de los más despreciables corazones.
»En fin, hagamos esta confidencia, aun a riesgo de tener
que repetirla otras veinte veces, — ¡igual de tétrica, igual de
insignificante!
»Soy esclava del Esposo infernal, del que perdió a las
vírgenes necias. Es ése, y no otro demonio. No es ningún espectro,
no es ningún fantasma. Pero a mí, que he perdido la
prudencia, que estoy condenada y muerta para el mundo —
¡nadie me matará!— ¿Cómo describíroslo? Ya ni siquiera sé
hablar. Estoy de luto, lloro, tengo miedo. Un poco de frescor,
señor, si no te importa, ¡si te parece bien!
»Soy viuda… — Era viuda… — Sí, sí, antes era muy seria,
¡y no nací para acabar en esqueleto!… — Él era casi un
niño… Me habían seducido sus misteriosas delicadezas. Olvidé
todas mis obligaciones humanas para seguirlo. ¡Qué vida!
La auténtica vida está ausente. No estamos en el mundo. Voy
adonde él va, así ha de ser. Y a menudo se enfada conmigo,
conmigo, pobre almita. ¡El demonio! — Es un demonio, sabéis,
no es un hombre.
»Dice: “No me gustan las mujeres. Hay que volver a inventar
el amor, ya se sabe. Las mujeres ya no alcanzan a desear
más que una situación asegurada. Una vez ganada esta situación,
el corazón y la belleza se dejan de lado; no queda sino
frío desdén, alimento del matrimonio, hoy en día. O bien veo
mujeres con las señales de la dicha; de ellas habría podido
hacer buenas amigas, si no las hubiera devorado antes algún
bruto con sensibilidad de hoguera…”
»Y yo lo oigo cómo hace de la infamia gloria, de la crueldad
encanto. “Soy de raza lejana: mis antepasados eran escandinavos:
se perforaban las costillas, se bebían su propia sangre.
— Yo me haré cortaduras por todo el cuerpo, me tatuaré, quedaré
más repugnante que un mongol; ya verás, aullaré por las
calles. Quiero enloquecer de rabia, por completo. Nunca me
enseñes joyas, o me arrastraré y me revolcaré por las alfombras.
Mi riqueza la quiero manchada de sangre, por todas partes.
Jamás trabajaré…” Muchas noches, habiéndome poseído
su demonio, ambos rodábamos por el suelo, ¡yo luchaba con
él! — Por las noches suele apostarse, borracho, en las calles o
en las casas, para asustarme mortalmente. — “Me cortarán de
veras el cuello; será asqueroso.” ¡Oh! ¡Esos días en que gusta
de andar con un aire de crimen!
»A veces habla, en una especie de jerga enternecida, de la
muerte que obliga a arrepentirse, de los desdichados que ciertamente
hay, de los trabajos fatigosos, de las separaciones que
desgarran el corazón. En los tugurios donde nos emborrachábamos,
lloraba al considerar a quienes nos rodeaban, rebaño de
la miseria. Levantaba del suelo a los borrachos, en las calles
negras. Sentía por los niños la compasión de una mala madre.
— Se marchaba con ternuras de niña de catequesis. — Fingía
estar al corriente de todo: comercio, arte, medicina. — Yo lo
seguía, ¡así ha de ser!
»Veía todo el decorado de que, en espíritu, se rodeaba:
vestiduras, paños, muebles; yo le prestaba armas, otro rostro.
Veía todo aquello que lo emocionaba, tal como él habría querido
crearlo para sí. Cuando me parecía tener el espíritu inerte,
lo seguía, yo, en actos extraños y complicados, lejos, buenos o
malos; estaba segura de que jamás penetraría en su mundo.
Junto a su amado cuerpo dormido, cuántas horas nocturnas he
velado, preguntándome por qué desearía tanto evadirse de la
realidad. Nunca hombre alguno formuló un voto semejante.
Yo admitía, —sin temer por él, — que podía suponer un serio
peligro dentro de la sociedad. — ¿Tiene tal vez secretos para
cambiar la vida? No, tan sólo está buscándolos, me replicaba
yo. Por último, su caridad está embrujada, y yo soy su prisionera.
Ninguna otra alma tendría fuerza bastante — ¡fuerza de
la desesperación! — para soportarla — para ser protegida y
amada por él. Por otra parte, no me lo figuraba con otra alma:
se ve el Ángel propio, nunca el Ángel ajeno, — me parece.
Estaba yo en su alma como en un palacio que han vaciado para
no ver a alguien tan poco noble como tú: eso es todo. ¡Ay!
Dependía en mucho de él. Pero ¿qué quería de mi existencia
apagada y cobarde? ¡No me hacía mejor, no haciéndome morir!
Tristemente despechada, le dije a veces: “Te comprendo”.
Y él se encogía de hombros.
»Así, renovándose sin cesar mi sufrimiento, y hallándome
más perdida a mis ojos, — como a todos los ojos que habrían
querido mirarme, si no hubiese estado condenada para siempre
al olvido de todos, — tenía cada vez más hambre de su bondad.
Con sus besos y sus abrazos amigos, era en verdad el
cielo, un cielo lóbrego, en el que entraba, en el que me habría
gustado que me abandonase, pobre, sorda, muda, ciega. Me iba
ya acostumbrando. Veía en nosotros dos niños buenos, con
permiso para pasearse por el Paraíso de la tristeza. Nos concertábamos.
Muy conmovidos, trabajábamos juntos. Pero, tras
una penetrante caricia, él decía: “¡Qué divertido te parecerá,
cuando yo ya no esté, esto por lo que has pasado! Cuando no
tengas ya mis brazos bajo el cuello, ni mi corazón para en él
descansar, ni esta boca en tus ojos. Pues habré de marcharme,
muy lejos, un día. Además, he de ayudar a otros, es mi deber.
Aunque no resulte muy deleitable…, alma querida…” De inmediato
me representaba a mí misma, habiéndose marchado
él, presa del vértigo, precipitada en la más espantable de las
sombras: en la muerte. Le hacía prometer que no me abandonaría.
Veinte veces la hizo, tal promesa de amante. Era tan frívolo
como yo al decirle: “Te comprendo.”
»¡Ah! Nunca he sentido celos por su causa. No va a
abandonarme, me parece. ¿Qué sería de él? No tiene conocimiento
alguno, nunca trabajará. Quiere vivir sonámbulo. Su
bondad y su caridad, por sí solas, ¿le darán derechos en el
mundo real? A ratos, olvido la piedad en que he caído: él me
hará fuerte, viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos
en las calles empedradas de ciudades desconocidas, sin
cuidados, sin sufrimientos. O me despertaré, y las leyes y las
costumbres habrán cambiado —gracias a su poder mágico, —
el mundo, siendo el mismo, me dejará con mis deseos, mis
alegrías, mis despreocupaciones. ¡Oh! La vida aventurera
existente en los libros infantiles, en recompensa, porque he
sufrido tanto, ¿me la regalarás tú? No puede. Ignoro su ideal.
Me ha dicho que tiene pesares, esperanzas: cosas que al parecer
no me conciernen. ¿Es a Dios a quien habla? Tal vez debería
yo dirigirme a Dios. Estoy en lo más profundo del abismo,
y ya no sé rezar.
»“¿Ves a ese joven elegante que entra en la mansión bella y
tranquila? Se llama Duval, Dufour, Armand, Maurice, qué sé
yo. Una mujer se ofrendó a la tarea de amar a ese perverso
idiota: está muerta, es sin duda una santa del cielo, ahora. Tú
me harás morir como él hizo morir a esa mujer. Tal es nuestro
destino, el de nosotros, los corazones caritativos…” ¡Ay!
Había días en que todos los hombres, al actuar, le parecían juguete
de delirios grotescos: reía espantosamente, largo rato. —
Luego volvía a sus maneras de madre joven, de hermana
amada. Si fuera menos salvaje, ¡estaríamos salvados! Mas
también su dulzura es mortal. Le estoy sometida. — ¡Ah! ¡Soy
necia!
»Un día tal vez desaparezca maravillosamente; pero tengo
que saberlo, si ha de subir a un cielo, ¡quiero ver con mis ojos
la asunción de mi amiguito!»
¡Qué pareja!

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