domingo, marzo 02, 2014

ESPANTAPAJAROS 8 por OLIVERIO GIRONDO


Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un
conglomerado, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis
anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora
sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración
de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de
una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas
partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta
en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!
¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad
más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me
pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me
pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que
harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se
me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito
que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide
cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente,
sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no
puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se
oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro.
Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta
de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos
aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de
excepción, se consideran con derecho a manifestar un
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desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay
peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no
terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen
que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende
imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y
los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia,
que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier
otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien
aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la
ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la
abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja
dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el
amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se
realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que
se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de
tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de
dificultades, antes de cometer el acto más insignificante
necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que
prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se
extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona,
para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas
juntas a la mierda.

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